Collar cadena Camino del Inca
lunes, junio 01, 2009
domingo, mayo 17, 2009
miércoles, abril 22, 2009
sábado, abril 04, 2009
Sin nombre
Porqué hablo de otra
si soy yo
la que no cabe en el lugar asignado
yo
quien abomina de lo que ata
su útero a la tierra
incapaz de intuir
que no puede contener dentro de sí toda la noche
y cada límite infringido
será pagado con creces
yo
quien hunde la cabeza
para obviar la realidad
ancestralmente heredada
porque nadie me dijo
que sólo venía a parir
y a cerrar los ojos de mis muertos.
Porqué hablo de otra
si soy yo
la que no cabe en el lugar asignado
yo
quien abomina de lo que ata
su útero a la tierra
incapaz de intuir
que no puede contener dentro de sí toda la noche
y cada límite infringido
será pagado con creces
yo
quien hunde la cabeza
para obviar la realidad
ancestralmente heredada
porque nadie me dijo
que sólo venía a parir
y a cerrar los ojos de mis muertos.
martes, marzo 31, 2009
Cuando los bares están cerrando se parecen al otoño
Que el perro se escapó dos veces
las hojas ya se amontonan en el parque
y tengo las manos frías cuando me levanto
es lo que te contaría
si algo cambiase el orden absurdo de las cosas
pero esto
tampoco es la vida real
Que el perro se escapó dos veces
las hojas ya se amontonan en el parque
y tengo las manos frías cuando me levanto
es lo que te contaría
si algo cambiase el orden absurdo de las cosas
pero esto
tampoco es la vida real
y el perro
las hojas
el frío
son el simulacro de nada
miércoles, marzo 04, 2009
lunes, enero 19, 2009
viernes, diciembre 26, 2008
jueves, diciembre 18, 2008
viernes, diciembre 12, 2008
martes, diciembre 09, 2008
lunes, diciembre 01, 2008
jueves, octubre 16, 2008
domingo, agosto 24, 2008
viernes, agosto 08, 2008
miércoles, julio 09, 2008
sábado, junio 07, 2008
lunes, mayo 19, 2008
Otras joyas...
-La voz de Rimbaud-
En una calle de Aswuan,
entre ásperas maderas de calesas destruidas,
un anciano recuerda la voz de Rimbaud.
No recuerda la palabra Nilo,
ya no sabe del desierto (ya está en medio del desierto),
ya no sabe qué es camello ni tampoco poesía.
Es el único del pueblo que jamás discute precios,
para algunos es mendigo,
para otros es profeta,
es el único del mundo que recuerda aquella voz.
Yo lo miro, pero él no puede verme, ya está ciego.
Hay diez manos que me empujan,
hay diez voces que me gritan ofreciéndome el almizcle,
altos nubios de madera, las babuchas.
¿Cómo era? –le pregunto.
¿Cómo era? –le suplico. ¿Cómo era aquella voz?
No me oye,
ni tampoco estará oyendo del mercado el vocerío,
ni el llamado a la mezquita cinco veces por jornada,
ni el llamado de la muerte treinta veces cada día.
No me oye, pero cada vez que quiere
puede oírlo a Rimbaud.
Un lejano día
en un puerto despoblado del Mar Rojo
el francés le dijo: “en mi pueblo ya no soy más que un extraño”.
Un lejano día… -yo recito, y el anciano,
despertando de repente me replica: “Fue una noche,
compre algo, por favor”.
Yo le compro una banana por el precio de un papiro, lo sacudo,
-¿cómo era?
y detrás del sol de Egipto,
otro sol más despiadado me flagela la cordura.
El anciano, el profeta o el mendigo,
reconoce los billetes con tres dedos derretidos: “fue una noche”.
De su boca, mi esperanza, es la única propina.
No consigo despedirme, ya no logro ni moverme, lo estoy viendo todavía.
Un mendigo más
entre miles de mendigos que desoyen al que adoran,
los millones que soñamos un alcohólico Mesías.
Ya está ciego, casi sordo,
con un grado más que ascienda el calor de los desiertos
su recuerdo se fulmina
y la voz calló.
Samsa
-La voz de Rimbaud-
Mon innocence ferait pleurer.
Arthur Rimbaud
En una calle de Aswuan,
entre ásperas maderas de calesas destruidas,
un anciano recuerda la voz de Rimbaud.
No recuerda la palabra Nilo,
ya no sabe del desierto (ya está en medio del desierto),
ya no sabe qué es camello ni tampoco poesía.
Es el único del pueblo que jamás discute precios,
para algunos es mendigo,
para otros es profeta,
es el único del mundo que recuerda aquella voz.
Yo lo miro, pero él no puede verme, ya está ciego.
Hay diez manos que me empujan,
hay diez voces que me gritan ofreciéndome el almizcle,
altos nubios de madera, las babuchas.
¿Cómo era? –le pregunto.
¿Cómo era? –le suplico. ¿Cómo era aquella voz?
No me oye,
ni tampoco estará oyendo del mercado el vocerío,
ni el llamado a la mezquita cinco veces por jornada,
ni el llamado de la muerte treinta veces cada día.
No me oye, pero cada vez que quiere
puede oírlo a Rimbaud.
Un lejano día
en un puerto despoblado del Mar Rojo
el francés le dijo: “en mi pueblo ya no soy más que un extraño”.
Un lejano día… -yo recito, y el anciano,
despertando de repente me replica: “Fue una noche,
compre algo, por favor”.
Yo le compro una banana por el precio de un papiro, lo sacudo,
-¿cómo era?
y detrás del sol de Egipto,
otro sol más despiadado me flagela la cordura.
El anciano, el profeta o el mendigo,
reconoce los billetes con tres dedos derretidos: “fue una noche”.
De su boca, mi esperanza, es la única propina.
No consigo despedirme, ya no logro ni moverme, lo estoy viendo todavía.
Un mendigo más
entre miles de mendigos que desoyen al que adoran,
los millones que soñamos un alcohólico Mesías.
Ya está ciego, casi sordo,
con un grado más que ascienda el calor de los desiertos
su recuerdo se fulmina
y la voz calló.
Samsa
domingo, marzo 30, 2008
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